Un asno

Bitter intentaba. Movía la espalda como perro que se rasca. Que se rasca la espalda. Por momentos parecía que intentaba fundirse con la reposera multicolor. Eran movimientos frenéticos, como desesperados. Desesperanzados. Desesperadanzados .

Si uno lo miraba de lejos, la figura era como la de una reposera lamiendo a un hombre desarticulado, casi engulléndolo. Si uno se acercaba, corroboraba lo anterior. Se encontraba con una figura como la de una reposera lamiendo a un hombre desarticulado, casi engulléndolo. Es decir, si uno se alejaba o se acercaba, era lo mismo. "El deseo por mis vecinas no tiene problemas de distancia. De lejos es igual de enjundioso que de cerca" - decía Jack Daniels cuando salía en la tarde a regar las plantas - un geranio y un agave - que tenía en el jardín de la puerta de su quincho en La Bebida, el San Juan profundo.

A poco de conocer Bitter a Jack, una de sus primeras preguntas fue: "...tu sí que eres un bon-vivant campestre Jack, ¿necesitabas un quincho, teniendo decenas de mansiones, allá en Tenesse?", a lo que Jack contestó: "...te diré una sola vez, Bitter, aquello que mi familia tiene como lema, y no quisiera que hagas ningún comentario: el camino de ida es angosto, pero cuando te das vuelta a mirar lo recorrido, verás al arriero y al llanero, jugando cartas en la banquina...". 

Bitter nunca comentó nada al respecto, aunque a menudo afirma que todavía duda sobre el verdadero significado de aquella máxima.

Intentaba Bitter aún quitarse de la espalda aquello que lo tenía incómodo, enjuto, amilanado, errático, histriónico, fatídico, antibiótico. Se rascaba.
Terminaban de cenar
tres gordos pollos al disco a la vera del autódromo del Zonda. Uno de los pollos era propiedad de ellos, y dos adicionales que habían logrado hurtar de restos de otras parrillas en retirada y discos veraniegos, de paseantes de la zona, ya dormidos alrededor de sus fogatas.
- Jack, ¿que comerías de postre?.
- Un asno.
- De postre dije, Jack. ¿Cómo podrías comerte un burro a esta hora?
- Un asno, ije. Unasno en almíbar.
- Disculpa, olvido que estás congestionado Jack.

Bitter se incorporó y fué a buscar una de las latas de duraznos en almíbar que solían llevar en la guantera del 504. Tomó tres, revisó la cosecha. Eligió una del año 84. Debido a la escasez de abrelatas, la abrió con un golpe seco en el techo del auto. A fuerza de verdad - y a fuerza de golpes - fueron catorce golpes secos. Con la primer trizadura del parabrisas, la lata, ya con forma de bollo de papel, se abrió caprichosamente. Es decir, escupiendo endiablados chorros.

En el mismo vaso del vino tinto de la cena, Bitter le sirvió a Jack un jugo espeso, amarillento, como bilis.
- Acias
- De nada Jack. Resérvate los modales, entiendo que no te sientes bien.
- Omo ieres e me siente ien, hi estoy obre las iedras.

Bitter lloró. No mucho, pero lagrimeó. Y también las últimas tres letras, describiría Arjona.

El Alba los encontró mirando la montaña. El Jesús Alba, su señora, el perro y los cinco hijos. Don Jesús Alba, un geólogo amigo que siempre llegaba a comer algunas horas después de lo previsto. 
Bitter se recostó en las piernas de Jack. Jack hizo lo propio en la falda de la esposa de Alba. La esposa de Alba se terminaba el tinto con durazno de ambos.
Mientras esto ocurría, alguien cantaba "El Arriero", de Atahualpa Yupanqui, del otro lado de la montaña.
Y Peter Greenaway se perdía una escena irrepetible.

Comments

Popular Posts